CON MARTHA DEBAYLE
CON MARTHA DEBAYLE

Relaciones de pasión en la historia de México

Las relaciones de amor y pasión más famosas en la historia de México

Alejandro Rosas, historiador y Catedrático. Articulista y autor de ensayos y libros especializados en historia mexicana.

AGUSTÍN DE ITURBIDE Y MARÍA IGNACIA RODRÍGUEZ

A finales del siglo XIX, los mayores se reunían para contar historias en la plaza Juárez de Apaseo en Guanajuato. Por encima de todas las anécdotas, la gente del pueblo disfrutaba una en particular: la que refería la presencia de una hermosa mujer que logró cautivar a propios y extraños cuando la guerra de Independencia llegaba a su fin.

Sabía sacar provecho a sus atributos físicos, a los cuales ningún caballero podía negarse.

En 1820 le entregó su cariño, su admiración y su cuerpo a un ambicioso caudillo en otro momento perseguidor de insurgentes: Agustín de Iturbide.

Según contaban los lugareños de Apaseo, la famosa Güera Rodríguez guardaba una estrecha amistad con el dueño de la mansión y por ello sus puertas estuvieron siempre abiertas para recibirla. A principios de 1821, cuando Iturbide cambió de bando y se puso al frente de la causa insurgente, en la forma del ejército Trigarante, las habitaciones de la Casa de los Perros sirvieron de refugio para el encuentro de los dos personajes.

La Güera llegaba al Bajío portando noticias de la Ciudad de México; el libertador, por su parte, suspendía momentáneamente la campaña militar y galopaba presuroso hacia Apaseo para encontrarse con su amada María Ignacia —nombre de pila de la Güera—. Luego de algunos minutos de conversación sobre asuntos políticos, la joven pareja se entregaba al amor.

«Según refiere la tradición popular —escribió el cronista Mariano González Leal—, en tal finca se entrevistaron en repetidas ocasiones el caudillo don Agustín de Iturbide y la hermosa “Güera” Rodríguez, e incluso se dice que esta última llegó allí a convencer al hasta entonces decidido jefe realista de abrazar la causa independiente».

La escena se repitió una y otra vez, hasta que México alcanzó su independencia en septiembre de 1821. Se cuenta que todavía durante el desfile triunfal del Ejército Trigarante el 27 de septiembre, Iturbide, como una ofrenda a su pasión, desvió la columna de su ejército de la ruta original para hacer desfilar a sus hombres ante el balcón de la casa que ocupaba la Güera en la ciudad de México.

Atrás quedaron los apasionados días de Apaseo. El libertador se dio a la tarea que su ambición personal señalaba: convertirse en emperador, historia en la que ya no tuvo cabida María Ignacia. Sin embargo, supieron despedirse con la madurez de los amantes y cada uno tomó un rumbo diferente.

La historia del pueblo de Apaseo se entrelazó con la ardiente pasión que vivieron la Güera y el libertador, en las habitaciones de la Casa de los Perros.

PORFIRIO DÍAZ Y DELFINA ORTEGA

¿Esposo o padre? Esa era la disyuntiva que planteó el general de 36 años a la mujer que amaba.

El problema no eran las edades —quince años de diferencia—; sino el parentesco. El victorioso general Porfirio Díaz estaba enamorado de su SOBRINA CARNAL, Delfina, hija de su hermana Manuela a quien le había echado el ojo en alguna ocasión que regresó a Oaxaca durante la guerra de Reforma y la Intervención francesa.

Delfina se dejó llevar por el amor pero en su corazón sabía que su relación contravenía la religión de sus padres, y aunque marchó presurosa al registro civil a contraer matrimonio con un representante de su Porfirio, quien tenía sitiada Puebla y por lo cual no pudo asistir personalmente al enlace, en los siguientes años pesó sobre su conciencia no haber subido al altar para recibir el santo sacramento del matrimonio.

Una vez concluida la guerra contra el imperio, Porfirio y Delfina se establecieron en Oaxaca; entre 1868 y 1872, tuvieron tres hijos, dos varones y una niña, los cuales fallecieron a muy temprana edad.

A principios de abril de 1880, en un parto que tuvo complicaciones Delfina dio a luz una niña, la cual murió en cuestión de horas y llevó a su madre al pie de la tumba.

MAXIMILIANO Y CARLOTA

No hubo historia de amor.

En 1856, Maximiliano de Habsburgo hizo una gira de trabajo por Europa con un claro fin: encontrar esposa. Visitó la corte Belga, y ahí conoció a Carlota de16 años.

El porte del austriaco y sus cartas credenciales genealógicas seguramente deslumbraron a la joven princesa

Carlota se enamoró como lo que era, una chiquilla.

Si hubo amor fue tan solo de parte de Carlota, y lo que hubo, Maximiliano se encargó de destruirlo poco a poco. Las razones del archiduque para contraer matrimonio fueron porque sabía que la dote de la princesa era muy jugosa —llegó a ser una de las mujeres más ricas del mundo— y él se encontraba en problemas financieros.

Carlota subió al altar profundamente enamorada de Maximiliano, el 27 de julio de 1857

Durante su matrimonio visitaron Madeira, donde descansaban los restos de María Amelia de Orleans y Braganza, —ya comprometida con Max en Europa— y quien había muerto 7 años antes.

Aquella mujer había sido el verdadero amor de Maximiliano y con la tristeza que lo invadió durante su estancia en Madeira, se lo hizo saber a Carlota.

Cuando regresaron a Miramar en 1860. El matrimonio estaba completamente destruido.

Una vez en México (1864) desahogó su frustración amorosa entregándose de lleno a la organización política del imperio, ejerciendo el poder cuando Max se ausentaba de la ciudad de México.

Perdida ya en la aurora de su locura durante el viaje a Europa, su mente se reencontró con el hombre al que había amado en 1857, durante el tiempo en que Maximiliano gobernó el reino de Lombardo-Véneto.

Carlota no volvió a recuperar la razón hasta 1927, días antes de morir.

FELIPE ÁNGELES Y CLARA KRAUSS

El general y su adorada tuvieron una historia de amor marcada por el olor a pólvora.

Felipe Ángeles estaba profundamente enamorado de Clara Krauss; se casaron el 25 de noviembre de 1896, cuando la paz porfiriana era un hecho consumado en el país.

Frente al carácter melancólico, reflexivo y discreto de Ángeles, resaltaba el temperamento alegre y dulce de Krauss. Amor le llamaba el general y al mirarla se llenaban sus ojos y su semblante taciturno se transformaba.

Durante la Revolución, Clara aprendió a ser valiente para soportar la angustia que le provocaba saber que su marido se encontraba en el frente de batalla.

Ángeles y su familia compartieron las amarguras del destierro mientras el general se perdía en su propio idealismo que lo llevó a regresar a México en diciembre de 1918, dispuesto a lanzarse a una última cruzada en favor de la concordia y la paz, cuando el único lenguaje seguía siendo el de la violencia.

Felipe fue capturado, el juicio se llevó a cabo el 25 de noviembre de 1919 —curiosamente cuando Felipe y Clara cumplían 23 años de casados—.

Luego de dieciséis horas, el general fue condenado a ser fusilado a las seis de la mañana del día siguiente.

Minutos antes de las seis de la mañana del 26 de noviembre de 1919, le comunicaron al general que había llegado la hora. Y «con el espíritu en sí mismo» caminó con firmeza hasta el lugar de la ejecución y en medio del silencio sepulcral recibió la muerte.

El 8 de diciembre siguiente, Clara murió.

JUAN O’GORMAN Y L.

Arquitecto y pintor, Juan 0’Gorman (1905-1982) era una artista completo. Alumno de Le Corbusier, introdujo en México la arquitectura funcionalista que desarrolló en primera instancia en la casa-estudio Diego Rivera de San Ángel Inn y su mural en la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria fue una de sus grandes obras pictóricas.

Durante sus años de estudiante de arquitectura en la Universidad Nacional tuvo su primera novia. Más que amor era deseo físico; la atracción por el cuerpo femenino, el sexo.

«La muchacha era esbelta y bella —escribió O’Gorman en su Autobiografía—; la deseaba mucho y le proponía, por lo tanto que fuera mi amante. Siempre se negaba.

Se casó por vez primera en 1933, con Nina Wright, belleza de origen ruso criada en Estados Unidos. Pero la relación fracasó.

A mediados de la década de 1930, conoció en la Ciudad de México a la gran pasión de su vida. Viajando en autobús vio a una mujer alta, muy hermosa, de pelo castaño y manos finas; era imposible dejar de observarla.

Supo que era escultora, daba clases en una escuela y estaba casada con un periodista refugiado de la Guerra Civil española. O’Gorman le pidió que fueran amigos y ella aceptó. En los siguientes días recibió una invitación a cenar pero estaría presente su marido. Eran muy pobres, por lo que O’Gorman los invitó a un restaurante alemán de San Ángel.

Juan se enamoró y L. —como se refirió a ella en su Autobiografía— se convirtió en su amante.

El esposo estaba enterado de la relación y ante la posibilidad de viajar a Holanda con un trabajo prometedor pero sin su esposa, hizo un trato con Juan: le dejaba a su mujer un año con la condición de que al cumplirse el plazo ella volaría a Holanda para alcanzarlo.

A partir de ese momento, L. y Juan comenzaron su vida en común y al cumplirse el año ella viajó a Holanda, no obstante que ambos se quedaron con el corazón roto.

Tiempo después se encontró al marido y al preguntarle por ella, respondió: «L. ya solo vive en mi corazón y en el tuyo, siempre me hablaba de ti, y siempre te quiso, murió hace unos cuantos meses y en su lecho de muerte me dijo: “Si alguna vez ves a Juanito, dile que lo quise mucho, y que nunca me olvidé de él, pero que jamás quise escribirle porque me parecía que podría ahondar en una llaga”».

MARÍA TERESA LANDA Y MOISÉS VIDAL

María Teresa Landa tenía dieciocho años cuando participó en un concurso de belleza organizado por el periódico Excélsior en 1928. Esbelta y de buena estatura, las sutiles pero bien delineadas curvas de su cuerpo, la sonrisa perfecta y la simpatía natural llamaron la atención del jurado desde el inicio del concurso.

La mujer más hermosa de México saltó a la fama de la noche a la mañana y con todo a su favor fue la representante nacional en un certamen en Galveston, Texas. Perdió ante una rubia desabrida

Rechazó por una sola razón: el amor. En México la esperaba su novio para contraer matrimonio.

A su corta edad, María Teresa aún no conocía lo dulce y lo amargo que podía ser el amor. Conoció al general Moisés Vidal en 1928 y, siendo inexperta en las relaciones con el sexo opuesto, bastaron algunas palabras dulces y encantadoras del militar para que la hermosa joven se enamorara sin remedio. dieciocho años mayor que ella

Se casaron por lo civil de manera clandestina, el 24 de septiembre de 1928 y, sobre los hechos consumados,

María Teresa vivió embelesada los primeros meses de su matrimonio.

El domingo 25 de agosto de 1929, la joven esposa tuvo la ocurrencia de hojear el Excélsior y en la página 2 encontró una noticia que la dejó lívida: «Acusan de bigamia al esposo de Miss México». La verdad salió a la luz. El general estaba casado desde 1923, y para colmo, su legítima esposa también se llamaba María Teresa pero de apellido Herrejón.

Fuera de sus cabales, la segunda María Teresa esperó a que llegara el bígamo de su marido, tomó su Smith & Wesson y le descargó seis tiros. Luego se arrojó sobre el cuerpo inerte y entre llantos y gritos le dijo: «Perdóname, mi amor! ¡Te amo! ¡Por Dios, no te mueras». Pero el general ya estaba bien frío.

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