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  • 12 MAR 2026, Actualizado 22:50

Paul Thomas Anderson o la obstinación de seguir filmando

Sus historias suelen terminar con una pregunta abierta, la emoción contenida. Cine de intuiciones, aquel que no otorga respuestas

Paul Thomas Anderson o la obstinación de seguir filmando

Paul Thomas Anderson o la obstinación de seguir filmando

La velocidad de la industria y los calendarios financieros. Franquicias programadas a tres años de distancia. Qué triste es hacer a un lado aquello que nos importa persiguiendo cifras. Anomalía silenciosa, por otro lado, el artesano que trabaja despacio. Irrumpe en la norma como una fisura sobre el tedio que impone la maquinaria. Números, las matemáticas. Y sin embargo siempre hay alguien que desobedece, y pone a prueba la más ramplona frivolidad.

Paul Thomas Anderson (Los Ángeles, 1970) creció entre cámaras y estudios de televisión. Su padre, Ernie Anderson, fue un locutor medianamente conocido de la cadena ABC; y, sin embargo, su desarrollo fue otro. Su educación cinematográfica no fue académica. Lejos del molde riguroso de algunos de sus predecesores (Hal Ashby, Lynch, Coppola), la suya fue doméstica, casi clandestina, pero obsesiva. Su formación está hecha de VHSs. Cinéfilo empedernido, aprendió viendo películas de madrugada, una tras otra, hasta que el sueño le vencía. Dueño de una curiosidad voraz por el cine americano de los setenta.

No terminó la escuela de cine porque, según cuenta, aprendía más rodando que asistiendo a clases. Esa pulsión práctica aun se percibe en su forma de trabajar. Paul filma con el rigor de quien entiende el movimiento de la cámara y el silencio entre dos líneas. De quien entiende el ritmo de la actuación como diría Almodóvar: “no es mejor actor el que llora, sino el que resiste las ganas de llorar”.

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Su filmografía aunque corta, carece de limitaciones. Cada título ocupa su propio espacio en el mapa del cine contemporáneo. Boogie Nights, Magnolia, There Will Be Blood, The Master, Phantom Thread o Licorice Pizza no se parecen entre sí, y sin embargo comparten una misma temperatura moral. Historias de personajes que persiguen algo que nunca terminan de comprender del todo, dinero, poder, amor, reconocimiento, mientras el mundo a su alrededor cambia con brutal indiferencia. Anderson no filma héroes ni villanos; sino hombres y mujeres atrapados en su propia ambición, en sus heridas, en su incapacidad para decir lo que realmente sienten.

Su cine dialoga con una tradición muy específica del cine estadounidense, la que en los años setenta practicaron Martin Scorsese, Robert Altman o Hal Ashby, directores que entendían que una película podía ser al mismo tiempo espectáculo y observación moral. De Scorsese, Anderson heredó la energía visual, el gusto por la cámara en movimiento, por las secuencias largas donde el mundo parece desplegarse en un solo gesto. De Altman tomó algo más difícil de definir, la idea de que una película puede ser una conversación entre muchos personajes, una especie de ecosistema donde cada historia se cruza con otra sin necesidad de un centro único.

Pero sobre todo, si hay algo que distingue a Paul, es que nunca ha intentado parecer un heredero consciente de esa tradición. “Still like an artist”, dice el conocido refrán. Sus películas no citan el pasado como quien rinde homenaje; más bien lo absorben de forma natural, como si la historia del cine fuera un lenguaje que él aprendió desde niño. En Boogie Nights, por ejemplo, el virtuosismo técnico, los travellings largos, la música que marca el pulso de cada escena, recuerda inevitablemente al Scorsese de Goodfellas, pero la película termina siendo otra cosa, un retrato aun más extraño y casi afectuoso de una comunidad marginal, la industria pornográfica de los setenta, donde el éxito y la ruina conviven con en una dicotomía desarmante.

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Con Magnolia, el director se permitió algo todavía más ambicioso, lograr una película coral donde varias historias aparentemente inconexas terminan revelando un mismo paisaje emocional, hecho de culpa, de soledad y de padres incapaces de comprender a sus hijos. Hay momentos en Magnolia que rozan el exceso, pero también hay en ella una convicción rara en el cine actual, que una película puede aspirar a contener muchas vidas al mismo tiempo.

Vale la pena tomar un último ejemplo. There Will Be Blood, probablemente su obra más imponente. La historia del petrolero Daniel Plainview no solo es retrato de un hombre devorado por su ambición; también es parábola sobre el feroz nacimiento del capitalismo estadounidense. Anderson filma esa historia con una austeridad casi mineral, llena de paisajes abiertos, silencios largos, y una música que da la impresión de haber surgido de las entrañas de la tierra. Daniel Day-Lewis convirtió a Plainview en uno de los grandes personajes del cine moderno, pero lo que permanece es la sensación de estar viendo una película que piensa en términos épicos sin necesidad de decirlo. Una gran obra que no necesita explicarse a sí misma.

A diferencia de muchos directores de su generación, Paul nunca se ha dejado arrastrar por la lógica de las franquicias o los universos cinematográficos. No hay en su carrera superhéroes ni secuelas inevitables. Sus películas suelen ser proyectos relativamente modestos para los estándares de Hollywood, financiados con presupuestos que permiten cierta libertad creativa sin exigir resultados descomunales en taquilla. Esa posición intermedia, ni cine independiente ni cine de estudio tradicional, le ha permitido mantener su propia voz, algo muy raro en la industria.

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También es un director que trabaja a sus actores con paciencia. A lo largo de su filmografía se repiten nombres como Philip Seymour Hoffman, Joaquin Phoenix o Daniel Day-Lewis, intérpretes que encuentran en sus películas un espacio para explorar personajes difíciles, contradictorios, a veces incómodos. Anderson no dirige desde la autoridad sindo desde la cercanía, esa que se consigue escuchando, dejando que las escenas respiren hasta encontrar su forma.

Hay, además, algo que suele olvidarse cuando se habla de su cine y tiene que ver con la manera en que hoy se mide el valor de una película. Hoy, toda industria se mide en tendencias y algoritmos, el prestigio cultural a menudo parece marginarse a la última butaca. Hoy todo se calcula y se anticipa. Una etiqueta más en el mercado. El cine de Anderson opera en otro registro. No parte de la intención de convertirse en objeto de culto ni de alcanzar un lugar en las listas críticas del año. Parte de algo mucho más simple y, al mismo tiempo, más difícil de sostener, la voluntad de filmar una historia, de tomarse en serio cada plano, de confiar en que la película encontrará su propia vida con el tiempo.

El culto, en ese sentido, no es un objetivo sino una consecuencia. Sus películas no buscan la devoción del espectador; la provocan con los años, cuando ciertas escenas empiezan a quedarse en la memoria con una persistencia natural. Un travelling que se prolonga más de lo habitual, una mirada entre dos personajes que no termina de resolverse, una conversación que parece banal pero que, de pronto, revela algo esencial sobre quienes la sostienen. Es ahí donde el cine de Anderson encuentra su verdadera duración, no en la urgencia del estreno, sino en esa lenta sedimentación que convierte algunas películas en lugares a los que el espectador regresa.

Quizá por eso su cine produce la cada vez menos frecuente sensación de estar frente a películas que no intentan explicar el mundo, sino únicamente narrarlo. Paul Thomas Anderson no busca cerrar el ciclo de lo que filma. Sus historias suelen terminar con una pregunta abierta, la emoción contenida. Cine de intuiciones, aquel que no otorga respuestas.

El resultado es que Anderson no trabaja para demostrar que el cine sigue vivo. Hace cine porque para él nunca ha dejado de estarlo.

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