CON MARTHA DEBAYLE

Coronavirus: Lo que perdimos

El coronavirus nos cambió la vida a todos de un día para otro, y hemos estado viviendo con pequeñas grandes perdidas todos los días

Gaby Pérez Islas, tanatóloga, logoterapeuta, y autora de los libros Cómo curar un corazón roto, Elige no tener miedo, Viajar por la vida. La niña a la que se le vino el mundo encima y Cónvenceme de vivir. 

Estamos acostumbrados a reconocer un duelo cuando se trata de una pérdida mayor; un enfermo grave, un divorcio, la muerte de un ser querido o un diagnóstico terminal. Pero existen muchas pérdidas más algunas evidentes y otras sutiles que nos van mermando la calidad de vida y sobre todo, las ganas de estar en ella.

El Covid 19 ha venido a darnos ese empujón brusco, esa sacudida ruda que ha tirado los frutos de nuestro árbol o ha dejado de manifiesto qué verdes estábamos en este arte de saber perder.

A continuación van una serie de pérdidas que en mayor o menor grado todos a nivel mundial, hemos experimentado en estas semanas. A ver con cuáles se identifican y les pido que las validen y elaboren su duelo como debe de ser:

Pérdida de la rutina: No hacemos más que quejarnos de la rutina todo el tiempo. La culpamos de un montón de cosas como el desorden en casa, el no ver a los amigos tanto como quisiéramos e incluso de no ser felices. La rutina mata, solemos decir y ahora resulta que la extrañamos. La verdad es que si nuestra agenda estaba tan llena de compromisos, trabajo y actividades en el fondo es porque así nos gusta. Tener mucho que hacer nos da seguridad porque nos asegura que no nos vamos a detener. Si me detengo siento que me alcanza todo aquello de lo que he estado huyendo. No tengo tiempo de hablar con mi pareja “esos temas” porque estoy ocupada, no me he podido atender “mi salud” porque no tengo tiempo y así procastinamos todo por miedo a los resultados de enfrentarlo. Muchas de nuestras actividades son la tapadera de nuestras inseguridades.

Pérdida de las conexiones sociales: El ser humano es un ser social por naturaleza. No le viene bien el aislamiento. Es importante tener con quien hacer ping pong de nuestras ideas y retroalimentarnos de otra visión de la vida para no caer en depresión. Reconozcamos que en el día a día: Nunca hay tiempo para reunirnos, ni organizar una cena en casa, nos limitamos a cadenas de correos electrónicos, no nos hacemos presentes en momentos importantes del otro y ahora simplemente no podemos hacer nada de eso.

De un tiempo para acá a las personas ya no les gusta hablar por teléfono, mandan mensajes o notas de voz, no estamos acostumbrados a tomarnos el tiempo de platicar con amigas pero sí nos reunimos eventualmente con ellas a reír y hablar horas. Vemos personas, convivimos con gente en la oficina y trayecto a casa, socializamos.

Esta pandemia va a desatar en muchos de nosotros rasgos antisociales que ya veníamos viendo y podemos llegar a volvernos una sociedad más fría, menos cordial o amable y mucho menos cálida y anfitriona. Todo lo anterior han sido valores que han representado a los mexicanos en el mundo entero. Qué tal eso de “Mi casa es tu casa” y ahora no vamos a querer invitar a nadie a ella. Una vez que las autoridades sanitarias nos den luz verde hay que volver a confiar, a tocarnos, a abrazarnos, a invitarnos y sobre todo, a no ver al otro como un saco de virus y microbios que pueden venir a infectarnos. El otro no es nuestro enemigo ni un peligro permanente. Es nuestro prójimo.

Pérdida de la estructura familiar: Parte de nuestra estructura familiar son los roles que cada uno de nosotros jugamos dentro de casa. Son nuestra identidad y si estamos acostumbrados a que los hijos pequeños se van a la escuela y los grandes a la universidad, papá a trabajar y mamá también y de pronto nos vemos forzados a convivir 12 horas diarias mínimo, simplemente no sabemos ya cómo hacerlo. Se pierden horarios, actividades y temas de conversación. Hay un peligro grande de que en lugar de un archipiélago, cada individuo en una familia se vuelva una isla de soledad. Ya no se visitan a los abuelos los domingos, no hay comidas familiares o jugaditas de cartas o simplemente ir a misa. Nos vamos alejando y desarraigando peligrosamente. Cada quien salía a hacer su día y llegábamos en la noche a compartir experiencias, vivencias y anécdotas. Hoy no hay mucho que contar de lo que pasa afuera pero sí muchísimo de lo que pasa adentro. Los temas de conversación no se han acabado, se han incrementado.

Pérdida de la seguridad: Parte de nuestra seguridad nos la da el trabajo, la capacidad económica de enfrentar las diferentes situaciones que se presentan y cierta certidumbre de lo que habrá de pasar. Hacer planes, aunque le de mucha risa a Dios; es nuestra manera de negociar con la vida. Hoy debemos de basar nuestra seguridad en cosas mucho más permanentes que el trabajo por ejemplo en nuestras capacidades, dones y virtudes que nos ayudarán a conseguir otro si este se acaba, a reinventarnos si es necesario y a encontrar las alianzas y equipos necesarios para sumar en la vida.

Pérdida de tu vida como la conocías: Muy pocos estábamos acostumbrados a hacer home office, de hecho no sabemos cómo hacerlo. Las relaciones sociales en el trabajo son muy importantes para hacer un buen equipo. Desperdiciamos energía, tenemos los reflectores puestos hacia afuera en lo que está pasando y nos desenfocamos de nuestro objetivo de calidad y nuestras metas profesionales de desarrollo.

El ejercicio no es solo un remedio, es una prevención así que si no puedes ir a entrenar a fuera o ir al gimnasio debes de buscar hacerlo en casa con el vigor de siempre si no, no vas a secretar serotonina y su falta interfiere con la capacidad de concentración, el sueño, comer y el disfrute de los momentos agradables. Cuando esa sustancia falta por completo la persona siente desesperación, pesimismo, cansancio excesivo y tiene mucha dificultad para tomar decisiones.

No queremos acabar sumiéndonos en una tristeza permanente que pueda conducir a la apatía completa o la ideación suicida.

5 puntos para vivir estos duelos:

Reconócelos como tal, simplemente por validar la pérdida el estrés baja.

Toma decisiones que no vas a volver a ser el mismo después de esto ni volver a la normalidad.

Todos los sentimientos se valen, pero no todas las manifestaciones de ellos.

Tú eres responsable de tus estados de ánimo, hazte cargo de ellos y no se los cargues encima a otros.

Habla de tus miedos y de lo que sientes. No te hagas el fuerte .

Si usamos el tiempo a nuestro favor saldremos fortalecidos, más empáticos y resilientes de esta crisis que es una oportunidad vestida de negro. No pasó para que aprendiéramos, pero ya que pasó, aprendamos.

Libros recomendados:

Cómo curar un corazón roto

Elige no tener miedo

Viajar por la vida

La niña a la que se le vino el mundo encima

Convénceme de vivir

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