• 11 MAR 2026, Actualizado 20:33

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Extrañar: ¿Señal del destino o una trampa de tu mente?

¿Es posible que la nostalgia nos mienta? A veces, lo que creemos que es una señal del corazón no es más que una estrategia de supervivencia de nuestro cerebro.

No todo lo que extrañamos lo amamos. Se puede extrañar genuinamente un trabajo que hacía daño o una ciudad en la que no se era feliz. Foto: Getty Images

Cuando alguien importante deja de estar en nuestra vida, la sensación de ausencia se vuelve una constante. Sin embargo, ¿qué hay detrás de ese dolor punzante que llamamos “extrañar”? En esta entrega, Martha Debayle por W Radio platicó con Mario Guerra —psicoterapeuta, tanatólogo y coach ontológico— para ir más allá de la versión romántica de la nostalgia. Juntos, exploramos cómo nuestra mente construye una realidad paralela del pasado, convirtiendo un proceso natural en una compleja trampa mental que, si no aprendemos a identificar, puede dictar nuestras decisiones futuras desde un lugar que no es la realidad, sino la invención de nuestra propia necesidad.

La pregunta central es esta: cuando dices “lo extraño y quiero que regrese”, ¿estás hablando de esa persona completa, con todo lo que era? ¿O de una versión editada que tu mente construyó en el momento en que la perdiste?

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Lo que la mente hace bajo presión

La psicoanalista Melanie Klein describió algo que sigue siendo vigente: bajo presión emocional intensa, tendemos a procesar a las personas que amamos en paquetes. Todo bueno o todo malo. Sostener que alguien puede quererte y fallarte al mismo tiempo, darte mucho y costarte caro, requiere un esfuerzo psicológico que se llama integración, y que cuando hay ansiedad, el sistema simplemente no prioriza.

Cuando la relación está activa, muchas personas logran esa integración. Pueden decir “me gusta esto de él, pero esto otro me hace daño” y sostener las dos cosas. Eso es madurez afectiva.

Cuando llega la ruptura y la ansiedad sube de golpe, el sistema regresa a los paquetes. Desaparece la imagen compleja y aparece una versión simplificada, en este caso idealizada. La mente conserva con fuerza lo que generaba conexión y deja en segundo plano lo que lastimaba. No es que hayas olvidado. Es que esa información dejó de estar disponible con la misma nitidez, justo cuando más la necesitarías.

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Extrañar no es lo mismo que amar

No todo lo que extrañamos lo amamos. Se puede extrañar genuinamente un trabajo que hacía daño o una ciudad en la que no se era feliz. Extrañar es la respuesta natural a una ausencia; el amor es otra cosa.

Una manera de distinguirlos: cuando extrañas desde el amor, predomina la tristeza y la nostalgia, pero hay tranquilidad de fondo. Puedes imaginarte la vida sin esa persona y, aunque duela, es imaginable. Cuando extrañas desde la necesidad, predomina la ansiedad, una urgencia de resolver. El amor maduro puede esperar. La ansiedad no.

Una pregunta que ayuda: ¿cuándo extrañas más a esa persona? ¿Cuando tu vida va bien y estás activo? ¿O principalmente cuando estás solo, aburrido o en un mal momento? Si el extrañar aparece casi siempre en los valles, eso no habla de la calidad del amor que existió. Habla de lo que estás necesitando ahora, que es una información importante pero diferente.

El ejercicio: devolverte la imagen completa

Antes de tomar cualquier decisión, hay algo concreto que hacer. No es una lista de pros y contras, eso se vuelve demasiado racional y pierde el punto. Son dos listas separadas.

  1. La primera: las partes de esa persona que extrañas genuinamente. No la relación en abstracto, sino cosas concretas de ella. Cómo pensaba, cómo te trataba en sus mejores momentos, lo que construían, lo que sentías estando cerca.
  2. La segunda: las partes que no extrañas. Las que también estaban ahí todos los días y que en este momento están en segundo plano. Las que mencionabas cuando hablabas de la relación antes de que terminara.

Hay preguntas que importan más que el simple hecho de extrañarse. ¿Funcionaban como pareja en el día a día, más allá de los momentos buenos? ¿Había reciprocidad real? ¿Estaban ambos dispuestos a ceder y a cambiar lo que hacía daño?

Y antes de todo eso, una pregunta que suele ignorarse: ¿la otra persona quiere volver, o solo eres tú? Si son los dos, ¿el regreso va a calmar la ansiedad del momento o hay material real para construir algo distinto? Y si hay material, ¿saben cómo construirlo, o van a intentar armar algo nuevo con los mismos planos de antes?

Volver sin que nada haya cambiado de fondo tiende a producir el mismo resultado. El extrañar es un sentimiento. Las respuestas a esas preguntas son información. Las dos cosas importan, pero no tienen el mismo peso cuando se trata de decidir.

Extrañar no es debilidad ni señal de que te equivocaste al terminar. Es la respuesta natural a haber perdido algo que ocupaba un lugar real. Lo que sí está en tus manos es leer qué hay detrás de ese sentimiento antes de que se convierta en una decisión tomada desde la urgencia.

Date permiso de extrañar. Y también date el tiempo para preguntarte, con la imagen completa frente a ti: ¿qué es lo que realmente quiero, y desde dónde lo quiero?

Regresar porque ambos crecieron y tienen razones reales es una decisión. Regresar porque lo conocido se siente más seguro que lo desconocido es un reflejo. Todos merecemos vivir desde las decisiones.

Y al final, extrañar es solo eso: extrañar. No es ninguna señal de que debas volver.

Sigue a Martha Debayle de lunes a viernes de 10:00 am a 13:00 hrs. por W Radio.