Rusia y la flota fantasma que mantiene en pie sus exportaciones de petróleo
Buques antiguos, registros laxos y operaciones fuera del radar explican cómo Rusia mantiene sus exportaciones energéticas.
Petrolero ruso
Desde que Occidente impuso sanciones económicas a Rusia tras el inicio de la invasión de Ucrania en 2022, Moscú ha desarrollado una red marítima que expertos y gobiernos llaman la “flota fantasma” o “shadow fleet”. A casi tres años del inicio del conflicto, Moscú sigue colocando millones de barriles de crudo en el mercado internacional.
No se trata de una organización formal ni de una flota estatal reconocida. Es, más bien, un entramado de embarcaciones viejas, empresas intermediarias y registros marítimos laxos que permiten mover petróleo ruso sin pasar por los controles habituales de Occidente, según investigaciones de medios internacionales y análisis de la Unión Europea.
Un sistema diseñado para no dejar rastro
El funcionamiento de esta red descansa en prácticas que, si bien no siempre son ilegales por sí mismas, dificultan cualquier intento de fiscalización. Los barcos suelen navegar bajo banderas de conveniencia, cambian de nombre y propietario con frecuencia y, en tramos clave de sus rutas, apagan los sistemas de localización automática.
A ello se suman operaciones de transferencia de crudo entre buques en alta mar, una técnica que permite ocultar el origen del petróleo antes de que llegue a puertos de destino. Estas maniobras, documentadas por analistas marítimos y recogidas por WIRED en español, complican la trazabilidad del crudo y diluyen la efectividad de las sanciones económicas.
La dimensión del fenómeno
No existe una cifra única sobre el tamaño real de la flota fantasma. Estimaciones citadas por la Unión Europea y por investigaciones periodísticas sitúan el número de embarcaciones involucradas entre 600 y más de 1,000 tanqueros, muchos de ellos con más de 15 o 20 años de antigüedad. Solo una parte ha sido formalmente sancionada por Estados Unidos, la UE o el Reino Unido.
De acuerdo con datos de inteligencia ucraniana y análisis independientes, una proporción significativa del petróleo ruso exportado en 2024 viajó a bordo de estos buques, con Asia como principal destino. India y China figuran entre los mayores receptores, en operaciones que permiten a Rusia seguir generando ingresos pese a los límites de precio impuestos por el G7.
Riesgos más allá de la economía
El uso de esta flota no solo tiene implicaciones financieras. Muchos de los buques carecen de seguros reconocidos por el mercado internacional o dependen de aseguradoras fuera de Occidente, lo que eleva los riesgos en caso de accidentes, derrames o colisiones. Autoridades europeas han advertido que un siniestro grave podría convertirse en un problema ambiental de gran escala sin responsables claros.
Además, informes recientes citados por BBC Mundo advierten que algunas de estas embarcaciones podrían tener usos adicionales en el marco de lo que los gobiernos occidentales llaman amenazas híbridas, como labores de vigilancia marítima o posibles actos de sabotaje contra infraestructuras críticas, aunque estas acusaciones suelen manejarse con cautela y sin confirmación pública detallada.
La respuesta internacional
Frente a este escenario, la reacción occidental ha sido fragmentada. En los últimos paquetes de sanciones, la Unión Europea ha ampliado la lista de buques señalados como parte de la flota fantasma y ha presionado a países de abanderamiento para retirar registros a petroleros vinculados con Rusia. Panamá, por ejemplo, ha anunciado medidas más estrictas para limitar este tipo de prácticas.
Sin embargo, el margen de maniobra sigue siendo limitado. El derecho internacional protege la libre navegación en aguas internacionales, lo que complica cualquier intento de intercepción directa sin consentimiento del país de bandera. Por ahora, la flota fantasma continúa operando como una pieza clave del engranaje que mantiene a Rusia como actor relevante en el mercado petrolero global, pese a las sanciones diseñadas para aislarla.
Petrolero