CON MARTHA DEBAYLE
CON MARTHA DEBAYLE

¿Por qué me quedo con alguien si ya sé que me tengo que ir?

¿Cuántas de las parejas que permanecen juntas se sienten realmente satisfechas con su relación?

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Tere Díaz, psicoterapeuta, especialista en desarrollo personal y terapia de pareja.

Una consultante me dijo en sesión: “No me escucha, muy pocas veces se interesa en lo que le digo, cuando viajamos siempre invita a más gente. Ni qué decir si se trata de hacer algo el fin de semana ¡Sus amigos siempre están en primer plano! Aún si tenemos un plan, cuando uno de ellos le llama, prioriza sus peticiones y pospone lo nuestro. Esto ocurre desde hace mucho. Estoy lista para dejarlo, pero no me puedo ir”.

Le respondí: “Me queda claro que estás harta y sé claramente desde cuándo estás harta. Pero ¿qué tendría que pasar para que estés “harta de estar harta” y decidas moverte de lugar?

Como esta paciente, mucha gente vive un fuerte malestar amoroso, consciente de que la cosa no tiene remedio, y no sabiendo cómo terminar ¿Cuántas de las parejas que permanecen juntas se sienten realmente satisfechas con su relación? Porque, si bien no se puede dejar una relación por cualquier cosa, tampoco se puede sostener a pesar de todo”.

Primero entendamos que nos detiene a decir adiós…

Son infinitas las razones – pasadas, presentes y futuras – que dificultan la terminación de una relación, pero dividámoslas en los siguientes factores para explorar sus orígenes:

Distorsiones cognitivas

Una distorsión poco pensada pero común es el “costo hundido”, esa voz interna que te dice: “tanta inversión de tiempo, corazón, dinero y esfuerzo ¿para ahora claudicar? ¡qué desperdicio”. El costo hundido se trata de un sesgo cognitivo que nos lleva a una interpretación ilógica de los hechos y a actuar de manera irracional.

El típico “échale ganas”. No hay que confundir la sana perseverancia con la necedad. No todo logra a base de persistencia, hay factores ajenos a nuestro esfuerzo que no se pueden manipular.

Pensamiento mágico. Existen ideas “optimistamente” distorsionadas sobre cómo opera el amor y las relaciones.

Insistir en que el otro entienda. Para iniciar una relación se requiere el acuerdo de dos personas, para terminarla, no. La pareja no tiene que entender y querer terminar para poder hacerlo.

Pretender que “yo puedo cambiarlo…”, o “minimizar” mi malestar. Se pierde mucho tiempo intentando cambiar al otro de manera que yo me sienta satisfecho.

Creencias erróneas sobre el cuidado personal. Nuestra cultura judío-cristiana ha transmitido conceptos erróneos sobre el amor propio confundiéndolo con egoísmo.

Creencias erróneas sobre el amor

El amor todo lo puede.

El amor verdadero es eterno.

El amor es incondicional, entre otras.

Porque dudamos de nuestra posibilidad de cambiar.

Porque los “traumillas” no resueltos nos hacen huir del amor.

Porque el cúmulo de fracasos nos quitan seguridad personal.

Rasgos de carácter

Rigidez. Estructuras de carácter más aferrada y menos flexible que se empecina en sostener ideas fijas y proyectos inviables ante la limitada capacidad de adaptación a la nueva información recibida del entorno y la crudeza de la realidad.

Pensamientos compulsivos. No poder detener la mente con respecto a un sueño o deseo sin reflexionar en su factibilidad. La compulsión nos impulsa en un “loop” mental que imposibilita la acción diferente.

Miedo al cambio. Muchos prefieren “malo por conocido, que bueno por conocer” y consideran que otra relación será el “mismo infierno, pero con otro diablo”.

Temperamento ansioso. Personas con dificultad de calmarse ante las dificultades de las transiciones.

Estructura culpígena. Pensar que el otro va a sufrir por tu culpa, que tu acción lo va a lastimar o invalidar, o incluso culpa porque vas a deshacer una familia.

Por enculamiento. Hay quien no puede posponer el placer y tolerar la frustración, y se aferra a un buen sexo dentro de una mala relación.

Razones personales

Perder comodidad. El confort adormece la conciencia. Muchas veces no salirnos de nuestra zona conocida nos lleva a minimizar o a aceptar situaciones que no nos gustan pero que preferimos “tolerar” para no incomodarnos.

Miedo a la soledad. Somos seres sociales y apreciamos la compañía, pero distinto es no poder transitar por periodos necesarios de soledad para transitar a una mejor vida.

Temores existenciales. Preguntas como “quién soy, qué puedo dar en la vida, qué quiero, qué merezco recibir…”, surgen tras un rompimiento. Un rompimiento necesario implica un cierto caos que deviene en un crecimiento como persona.

Inseguridad personal. Si infravaloramos nuestras propias opiniones y necesidades, y damos más valor a las de los otros, es difícil reconocer lo que queremos y actuar a nuestro favor.

Miedo a que nadie nos quiera. Algunas historias de vida dejan un recuerdo de dolor y con él una especie de desconfianza acerca de uno mismo: tanto en la capacidad de amar, como de tener atributos que lo hagan a uno digno de ser amado.

Cuestionar nuestra “identidad”. Todos construimos desde niños, y después a través de las experiencias, una idea de quiénes somos y de cómo funciona el mundo y las relaciones.

Miedo a fracasar. Se piensa que si sabemos lo que queremos también sabemos cómo conseguirlo, pero no es así.

Dinámicas relacionales

Competir con la pareja. Como se ve en la película La guerra de los Roses: “ganar” a cualquier costo.

Desagrado de perder. La idea de “perder o fracasar” se convierte en una tragedia personal que acarrea altos para la autoestima y el posicionamiento social.

Saberse en desventaja. La dependencia económica o la dependencia emocional dificulta iniciar una vida autónoma.

Verdaderas revanchas. Más que liberarse de una mala relación, la persona quiere vengarse.

Indefensión aprendida. Largos años de sometimiento y maltrato pueden causar el efecto del “perro pateado”: ya no encadenado el animal, éste no se atreve a moverse. El abuso sostenido llega a inhabilitar a las personas: disminuye su fuerza psíquica, merma sus recursos, y aprisiona su capacidad de reacción y acción. Muy claro en el gaslighting. Estos casos requieren ayuda psicológica, psiquiátrica o incluso legal.

Razones sociales

Vergüenza. Experiencia de minusvalía por no tener pareja, por haber fracaso en el amor.

Dejar de pertenecer a un grupo o familia. Particularmente en grupos muy cerrados – por religión, raza, clase, género, hetero normatividad – existe una rigidez de creencias que favorece el rechazo de quienes eligen una vida diferente.

Miedo al enojo. Ante temores primitivos por haber sido educados de una forma muy severa incluso violentas, se deja de actuar para evitar que se enojen con nosotros.

Temor a la humillación. Mostrar quiénes somos, poner límites y vivir cómo queremos se presta a burlas y a ser denigrados.

Pasos para salir, no caer, ni reacer

Te presento algunos pasos útiles para recorrer este proceso de terminación. Un prerequisito para avanzar en este camino es aprender a calmarse. Terminar inevitablemente implica tolerar cierta ansiedad y miedo.

Reconoce cabalmente tu malestar, no te autoengañes, no lo minimices, sólo dale cabida. Haz un recuento escrito de lo que hasta hoy ya has perdido por no moverte de lugar. Cuestiona cuánto más estás dispuesto a perder en tiempo, estrés, dinero y esfuerzo.

Detecta cuando entras al ciclo de la indecisión. Este comienza con un momento de calma seguida de una lenta acumulación de malestar. La tensión acumulada termina explotando a través de una discusión o crisis. Después surgen los remordimientos y el miedo, para regresar de nuevo a la rutina. Al poco se reinicia el ciclo.

Deja de sumar y restar lo “bueno y lo malo”. La “balanza mental” o evaluación constante de la situación es un autoengaño de “estar haciendo algo” por encontrar la respuesta correcta. Esta práctica solo va aumentando el distanciamiento y la duda en la relación.

Cuestiona qué es importante para ti. Ten claro cómo quieres vivir, qué valoras en tu vida que no podrías renunciar a ello y que es realmente necesario para ti. Confirmar que esta relación entorpece o imposibilita la consecución de lo que es importante para ti, genera energía para cambiar.

Evalúa situaciones de riesgo. La existencia de enfermedades mentales, el abuso de sustancias como alcohol y drogas, y la existencia de violencia en la relación, han de ser considerados para pedir ayuda y cuidar tu integridad física y emocional.

Quizás no vives situaciones de riesgo, pero el aburrimiento y la “sequía”, son parte de tu relación. Si esto se ha sostenido en el tiempo sin posibilidad de cambio, es razón suficiente para reconocer que toca irse.

¿Qué necesito hacer para vivir como quiero? Dejar de rumiar y empezar a actuar. ¡Da los primeros pasos! Esperar que otro los de por ti, es infantil.

Valora las opciones que tienes. No tienes que actuar de manera radical salvo que tu integridad esté en peligro. Entender que no tienes que tomar una decisión extrema desde el principio, te permitirá visualizar más alternativas, vencer temores, adquirir recursos y avanzar. Los cambios no se dan en un evento sino en procesos sostenidos.

Ten un plan de acción. Diseña una ruta crítica de lo que tienes que ir haciendo para recorrer el proceso. Incluye en él a una persona de tu confianza y que no esté involucrada emocionalmente en la decisión. En este plan de acción visualiza el futuro sintiendo la ligeraza de lo que ya no tendrás que cargar.

Atraviesa los duelos necesarios por las pérdidas ocurridas para no quedarte atorado en lo que ya no fue.

Tenemos límites en cuanto a la cantidad de malestar y frustración que podemos acumular dentro de nosotros mismos, y es que evitar la acción correcta es una transgresión a nuestros propios derechos.

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