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Iztapalapa revive la Pasión de Cristo con miles de fieles

La Pasión de Cristo en Iztapalapa reunió a miles de personas en su 183ª representación, donde un joven cargó una cruz de más de 90 kilogramos.

Arnulfo Eduardo Morales García, médico de 25 años y originario del Barrio de San Lucas, cargó sobre sus hombros una cruz de más de 90 kilogramos

Arnulfo Eduardo Morales García, médico de 25 años y originario del Barrio de San Lucas, cargó sobre sus hombros una cruz de más de 90 kilogramos

En las calles empedradas y los cerros que resguardan la memoria colectiva de Iztapalapa, la fe volvió a tomar forma humana.

Para la 183ª Representación de la Pasión de Cristo en Iztapalapa, reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO, no hay escenario más vivo que el de los ocho barrios originarios, donde tradición y devoción se entrelazan con la vida cotidiana.

¿Quién representó a Jesús en Iztapalapa?

Arnulfo Eduardo Morales García, médico de 25 años y originario del Barrio de San Lucas, cargó sobre sus hombros una cruz de más de 90 kilogramos. No es solo el peso de la madera: es la herencia de generaciones, el compromiso con su comunidad y la mirada de miles que reconocen en él a un Jesús terriblemente humano.

¿Cómo se vivió la representación?

A cada paso, su andar convocó emociones encontradas. Hubo quienes observaron con respeto, otros conmovidos guardaban silencio, algunos más —como ocurre desde hace más de un siglo— lanzaron burlas o comentarios que evocaron la crudeza del relato bíblico. En ese contraste, la representación cobró sentido: no era una puesta en escena distante, fue un espejo de la condición humana.

Arnulfo no solo interpretó, y encarnó. Su rostro, marcado por el esfuerzo, anticipaba el desgaste físico y emocional que culminó en el Cerro de la Estrella, donde la multitud se congrega año con año para atestiguar el clímax de esta tradición.

¿Quién interpretó a María en la representación?

Por su parte, Erika Yasmin Morales Hernández, del Barrio San Miguel, dio vida a María. Su presencia, discreta pero profundamente simbólica, acompañó el recorrido con la fuerza del dolor contenido. En su figura se proyectaba la maternidad herida, la entereza silenciosa y la fe que no se quiebra.

Juntos, como cada año, no solo representaron personajes: sostuvieron una de las expresiones culturales más arraigadas de la Ciudad de México.

En Iztapalapa, la Pasión de Cristo no se observa, se vive. Y en cada gesto, en cada caída y en cada mirada, la historia vuelve a escribirse frente a miles de testigos que, por unas horas, dejan de ser espectadores para convertirse en parte de la tradición.

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