• 03 ENE 2026, Actualizado 03:59

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Blanca y Virginia a un metro del deseo, la obra de teatro que no te puedes perder este enero

Entre el metro de la Ciudad de México, la culpa, el deseo y la memoria, Blanca y Virginia, a un metro del deseo propone un viaje teatral tan incómodo como provocador desde el Foro Shakespeare

Blanca y Virginia obra de teatro / Especial

Blanca y Virginia, a un metro del deseo, es una obra de teatro que se ha estado presentando en el Foro Shakespeare desde el 7 de diciembre y hasta el 11 de enero, todos los domingos a las 6 de la tarde, y que apuesta por un formato íntimo, casi confesional, para explorar los pliegues más complejos del deseo, la culpa y la memoria femenina, utilizando como hilo conductor uno de los espacios más simbólicos de la ciudad: el metro de la Ciudad de México.

Obra de teatro Blanca y Virginia en el Foro Shakespeare / Especial

El Foro Shakespeare, el escenario perfecto para lo íntimo

A primera vista, el Foro Shakespeare parece hecho a la medida de esta puesta en escena. Su cercanía física con el público genera una atmósfera de confidencia, casi de susurro, que resulta ideal para una obra que exige atención, paciencia y disposición emocional. Aquí no hay distancia cómoda: el espectador se vuelve testigo cercano de lo que se quiebra sobre el escenario.

La obra se estructura en dos bloques claramente diferenciados: la historia de Blanca y la historia de Virginia, dos mujeres de mundos opuestos unidas por un trayecto común y una pregunta silenciosa: ¿hasta dónde puede llevarnos el deseo?

Blanca: el viaje confuso hacia la herida

La primera parte está dedicada a Blanca Madero, interpretada por Paulina Vega Garza, una mujer madura, elegante, culta y marcada por una vida de privilegios que se desmorona. Su monólogo inicia de forma deliberadamente confusa: no queda claro dónde está, hacia dónde va ni por qué habla como si el tiempo se hubiera fracturado.

Conforme avanza la escena, el rompecabezas empieza a tomar forma. Blanca ha llegado a la Ciudad de México tras perderlo todo: los bienes familiares, el viñedo de su padre, la vida ostentosa que parecía garantizarle estabilidad. Viaja en metro para encontrarse con su hermana menor, y cada estación se convierte en una parada emocional hacia un pasado doloroso.

El giro más inquietante aparece cuando el espectador comprende que Blanca podría estar internada en un hospital psiquiátrico, enfrentando traumas profundamente arraigados: un abuso paterno apenas insinuado, la traición simbólica de una hermana que se queda a vivir la vida que ella soñaba, y una identidad fragmentada.

Desde mi percepción, esta primera parte se extiende por más de una hora y, aunque poderosa en intención, por momentos se vuelve excesiva. Hay pasajes donde la confusión narrativa y la exaltación emocional de Blanca se sienten innecesariamente prolongadas, lo que puede distanciar al espectador en lugar de atraparlo.

Virginia: cuando el deseo se ríe de sí mismo

El tono cambia radicalmente con la entrada de Virginia, interpretada por Edgar Omar Moreno. La atmósfera se aligera, el ritmo se acelera y el discurso se vuelve punzante, irónico y profundamente provocador. Virginia es fervorosa, devota, una monja católica relajada que confiesa pecados ajenos y propios con una naturalidad desarmante.

Su monólogo es una mezcla exquisita de sarcasmo, erotismo y humor en doble sentido, que funciona gracias a una construcción de personaje sólida y carismática. Aquí, el metro cobra más claridad como espacio simbólico: lugar de encuentros, roces, aprendizajes y transgresiones cotidianas.

El momento en que Edgar Omar Moreno interactúa con el público es, sin duda, uno de los puntos más altos de la obra. Rompe la cuarta pared y convierte al espectador en cómplice. Sin embargo, esta sección dura apenas unos 20 minutos, lo cual deja una sensación agridulce: uno quisiera quedarse más tiempo en ese vagón, reír más, explorar más.

¿El metro como metáfora logra unir ambas historias?

Uno de los aspectos que más me dejó pensando al salir fue el uso del metro de la CDMX como nexo narrativo. En la historia de Virginia, su función simbólica es clara y efectiva. En la de Blanca, en cambio, el mensaje se diluye: no termina de quedar claro cómo ese trayecto físico articula su viaje interno.

Esa falta de cohesión entre ambas historias provoca que el espectador tenga que hacer un esfuerzo adicional para encontrar el punto exacto donde ambas mujeres se tocan, más allá del concepto general del deseo.

Una obra incómoda, provocadora y no apta para cualquiera

Blanca y Virginia, a un metro del deseo no es una obra familiar ni para públicos infantiles. Su lenguaje complejo, los juegos de doble sentido y la densidad emocional del texto exigen madurez y apertura. Aun así, es una propuesta teatral que vale la pena para cualquier persona adulta que busque algo distinto un domingo por la tarde: un relato que incomoda, que hace reír y que sorprende con un giro inesperado hacia la salud mental.

Esta obra es una experiencia honesta, arriesgada y profundamente humana. Al final, como el metro mismo, puede ser incómoda, confusa o reveladora. Todo depende del vagón en el que uno decida subir.