Decenas de pueblos de Chiapas bajo agua y sin ayuda por el paso de <i>Stan</i>
Decenas de poblados y rancherías de la costa del estado mexicano de Chiapas permanecían este sábado bajo el agua y sin recibir ningún tipo de ayuda oficial, tras haber sufrido los embates de la tormenta <i>Stan</i>, que luego entró a Veracruz como huracán categoría uno.
Pijijiapan, México, octubre 8, 2005.- Decenas de poblados y rancherías de la costa del estado mexicano de Chiapas permanecían este sábado bajo el agua y sin recibir ningún tipo de ayuda oficial, tras haber sufrido los embates de la tormenta Stan, que luego entró a Veracruz como huracán categoría uno.
Antes de trasladarse al Golfo de México, y siendo aún tormenta tropical, el meteoro golpeó con fuerza el sur y sureste de Chiapas, con lluvias "que duraron sin parar más de tres días", relató a la AFP Emerita Albores, una mujer de 37 años que perdió su casa por la crecida de un río en el municipio de Pijijiapan, 150 km al norte de la frontera con Guatemala.
Para llegar a donde estaba la casa de Albores se necesita bordear durante una hora lo que quedó de la carretera Tonalá-Tapachula: hay deslaves cada 200 metros, los cerros se desgajaron por el reblandecimiento de la tierra, y en vez de pavimento hoy los autos transitan sobre una fangosa mancha de color rojo, característica de las montañas de Chiapas.
"Aquí se necesitaba un muro de contención fuerte, no ese montón de piedras que estaban antes de la inundación; esto ya había pasado en 1998 y las cosas siguieron igual, nadie viene a ayudarnos", dijo a su vez Amado Montes, habitante de una de las 19 rancherías que permanecen incomunicadas entre Pijijiapan y el poblado Mapastepec, este último a 100 km de Tapachula.
Sorprendidas y enojadas porque el Ejército mexicano no ha llegado a esta zona de la costa de Chiapas, como es usual en el país en casos de desastres naturales, cientos de familias abandonaron lo que quedó de sus pueblos y se aventuraron al camino en un afán por conseguir agua potable y comida.
El trayecto incluye salir del rancho inundado, enseguida caminar varios kilómetros hasta llegar a donde antaño había un puente, ahí amarrarse con una soga y bajar por una endeble escalera a la orilla del río.
Luego se necesita subir otra escalera y así llegar al otro lado de la carretera donde las cosas no están mejor, pues a continuación se requiere alquilar un taxi que va al próximo poblado inundado.
A falta de ayuda oficial, son los propios afectados los que organizan los traslados, prestan las cuerdas, ofrecen la mano, recomiendan "no mirar hacia abajo" cuando se desciende el puente averiado y, sobre todo, se esmeran en continuar con sus vidas a pesar del desastre.
"Con lo que me ve puesto, eso es lo único que me quedó", dijo severa Gloria Sánchez, una anciana que no pudo salir a tiempo de su vivienda porque tiene un hijo en silla de ruedas.
La sexagenaria lamentaba sobre todo "haber perdido las chanclas (sandalias)" y mantenerse descalza en medio del lodo que arrastró el agua.
"Nosotros estábamos esperando la voluntad de dios, pero el río se salió", alcanzó a decir Gloria Sánchez antes de sollozar.
En un trayecto de 150 km en línea recta del municipio de Tonalá al pueblo de Mapastepec, que por las lluvias ahora se recorre en más de cuatro horas, sólo dos policías intentaban ayudar a unas 5 mil familias afectadas.
"Aquí la gente no sólo viene a ver (la inundación), viene a robar, la Policía no se quiere mojar los zapatos, aquí hay que enrollarse los pantalones, pero ya ve, nos dejaron solos", lamentó Amado Montes, mientras intentaba rescatar algún objeto que sirviera de entre los escombros en los que se convirtió su hogar en la costa de Chiapas.



