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4 traumas que nos impiden ser felices

Ya es hora de hacernos conscientes y hacernos cargo de buscar sanar estas viejas heridas

Las experiencias infantiles muchas veces dejan profundas heridas que se convierten en cicatrices que marcan para siempre nuestras vidas. Quien se supone debería cuidarnos y amarnos, condiciona el amor a la obediencia y se prefiere lo “correcto” a lo bueno. Mario Guerra, tanatólogo, conferencista, business coach y psicoterapeuta, nos menciona qué es un trauma y cuatro de ellos que nos impide ser felices.

¿Qué es un trauma?

La palabra trauma significa herida en su origen griego. Desde la psicología, podemos definir al trauma como una herida psicológica o una herida emocional. Son eventos que rebasan la capacidad que tiene un individuo para afrontar o asimilar lo que ha ocurrido.

Los traumas emocionales o psicológicos no necesariamente duran para siempre, recordemos que tiene que ver con la naturaleza de lo que pasó, pero también con la capacidad de afrontar el hecho lo que determina si un evento traumático se convertirá en un trauma de larga duración o no.

4 traumas que nos impiden ser felices

1. El falso “Yo”

Desde niños nos enseñan que hay partes de nosotros que son inapropiadas, inadecuadas o inaceptables. Como el enojo, la tristeza, poder hacer un reclamo o expresar un deseo o necesidad.

Nuestros padres no reflexionan que esas expresiones derivan de estados emocionales internos que no nos han enseñado a expresar de otra manera y tratan de acallar o corregirnos por temor al qué dirán o por mantener una posición de poder sobre nosotros.

La forma que tienen los padres de hacer esto es a través de una aceptación condicional basada en un frases como: Me voy a ir, te voy a regalar, ya no te voy a querer, nadie te va a querer, te verás horrible y te saldrá una marca en la frente que todos señalarán, se te va a secar la mano, va a venir el diablo a jalarte los pies, haces llorar al niñito dios, etc”.

Entonces el niño aprende que ser él no está bien, que debe encerrar en lo más profundo de su alma estos deseos, inconformidades y necesidades y se pone una máscara para ser aceptado y de ser posible amado.

2. Pensamiento victimizante

En la infancia desarrollamos un sentido de identidad; de cuál es nuestro lugar en el mundo pero también de quién creemos que somos y quién no creemos ser.

Esto lo aprendemos a través de nuestro “espejo del yo interior”, que son los reflejos que nos devuelven nuestros padres cuando interactúan con nosotros. Si nos pensamos como personas dignas, completas, con un propósito en la vida y la capacidad de dar y recibir, seguramente podremos relacionarnos con nosotros mismos de una forma más libre y sin miedos. Por el contrario, si nos vemos como seres malos, defectuosos o indeseables, así es justo como nos vamos a tratar. Esto provoca sentimientos de indefensión y desempoderamiento; nos convertimos en víctimas que nada pueden hacer para cambiar su circunstancia.

3. Agresión pasiva

Una familia disfuncional no gestiona muy bien sus emociones, especialmente el enojo. Entonces puede darse uno de dos escenarios: Hay expresiones violentas y desbordadas de enojo o hay supresión y prohibición de las expresiones de enojo.

Como el enojo era visto como inaceptable, se aprendió que es algo que se siente, pero que está mal sentirlo, pero existe y es normal, entonces el niño aprende a actuarlo de una manera muy retorcida e indirecta que no parece enojo, pero que está cargada de una gran agresividad.

4. Pasividad

Cuando nos sentimos descuidados o emocionalmente abandonados por quien se supone debería cuidarnos y amarnos, aprendemos que expresar o buscar satisfacer nuestras necesidades es motivo de abandono y desamor.

Entonces empezamos a convertirnos en cuidadores y satisfactores de las necesidades ajenas convirtiéndonos en seres abnegados que dan la vida por otros. De hecho, si quisiéramos bajo este esquema satisfacer una necesidad como descansar, comer o hasta ir al baño cuando estamos dando algo a otro que creemos que necesita, nos sentimos malas personas.

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