VIOLENCIA DE GÉNERO

Los micromachismos cotidianos que de micro no tienen nada

Los machismos cotidianos propician un ambiente hostil que permite que sucedan violencias mayores

Caminar por las calles de la CDMX se ha vuelto un reto para las mujeres. Todos los días estamos expuestas, en el mejor de los casos, a que alguien se nos quede viendo de forma lasciva si usamos una falda o un escote pronunciado, y a veces, ni siquiera importa nuestro atuendo.

Cuando no quedan satisfechos con miradas, nos exponemos a que algún ocurrente chifle para llamar nuestra atención y asegurarse de que volteemos a ver esa sonrisa que oculta algún piropo. O a que alguno más atrevido se aventure a hacer contacto físico y nos manosee en el metro o nos dé el ya famoso (porque a casi todas nos ha ocurrido) arrimón.

Y es un reto porque cuando contamos lo incómodas y molestas que nos sentimos al respecto, somos unas exageradas, histéricas, estamos locas, ahora todo nos ofende.

Ahí es donde empieza el problema, porque todo lo anterior es a lo que durante mucho tiempo hemos llamado micromachismos pero que de micro no tienen nada.

El término fue acuñado en 1990 por el psicoterapeuta argentino Luis Bonino para hablar de los comportamientos masculinos cotidianos que fuerzan, coartan o minan la autonomía de las mujeres de forma sutil dentro de las relaciones de pareja heterosexuales. De acuerdo con Bonino, los micromachismos son pequeñas tiranías o violencias de baja intensidad realizadas por varones a través de los cuales buscan dominar a su pareja.

Pero lo que hace de este concepto un peligroso tema de debate, es que son conductas que asimilamos como hábitos o costumbres, o las confundimos con una simple falta de educación y por lo tanto, las dejamos pasar hasta que se normaliza aunque tengan distintos efectos en nuestra vida a corto, mediano y largo plazo.

Y es que a pesar de los esfuerzos por visibilizar estas actitudes como un tipo de violencia, la pregunta ¿cómo puede afectar un piropo? sigue vigente. La respuesta es simple, es parte de la construcción de un discurso en el que se nos minimiza, cosifica, etiqueta y asignan comportamientos, profesiones o derechos de toma de decisión a partir de los roles de género.

Ser mujer implica muchos riesgos y desventajas, pues en este contexto, los machismos cotidianos propician un ambiente hostil que permite que sucedan violencias mayores, aunque comiencen con prácticas que nos estigmatizan y estereotipan a partir de frases tan comunes como: “una mujer no sabe manejar”, “entre más bonita más idiota”, “es que está mal cogida”, “déjala, está en sus días”, “¿como quieres que te respeten si vas vestida así?”, “ahora sí, ya te puedes casar”.

De acuerdo con las estimaciones mundiales y regionales de la violencia de género, así como la prevalencia y efectos de la violencia conyugal y no conyugal en la salud de la Organización Mundial de Salud, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida.

En términos concretos, los machismos cotidianos son todas aquellas expresiones aparentemente inocentes, que nos hacen sentir inadecuadas, feas, culpables, inseguras, con miedo. Son aquellos que permiten un pensamiento social donde se nos tiene que explicar todo y llevar de la mano porque no somos capaces o suficientes, y que además, fomentan un intercambio violento entre ambos géneros por las construcciones en las que ser hombre es ser agresivo y fuerte mientras que la mujer es blanda y sensible.

El machismo está en todas partes y tan sólo ponerlo en la mesa para explicar por qué no está bien, es un avance que poco a poco va dando cuenta de que en esencia nadie es ni vale más que el otro por hombre o mujer.

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