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Triple W


Fernanda Tapia

Sociedad

Ventajas accidentales de ser tímido

La timidez nos ayuda a ser más observadores y creativos

No hay ningún motivo racional por el que alguien sea tímido o introvertido, y le sorprende que su amigo se resista a aprender habilidades sociales que no requieren más que echarle un poco de morro al asunto.

La timidez no es ninguna enfermedad. Pero eso también significa que no tiene cura: “Todas las personas sobre las que he escrito en este libro eran tan tímidas al final de sus vidas como al principio de ellas -escribe el historiador Joe Moran en Shrinking Violets-. Siempre encontraban formas de esconder su timidez o de canalizarla”, pero nunca acababan de superarla.

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Shrinking Violets se ofrece como una “guía de campo de la timidez” y su título hace referencia a una expresión inglesa para hablar de las personas tímidas, “violetas que se encogen”, en referencia al tallo alargado de la variante inglesa de esta flor.

Moran repasa en su libro la historia cultural de la timidez, deteniéndose en la experiencia de tímidos ilustres como el matemático Alan Turing, el primer ministro británico Clement Attlee y la escritora y pintora Tove Jansson. A algunos de ellos quizás no los conocemos tanto como deberíamos, pero era, sobre todo, porque hablaban bajito.

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Eso sí, Moran no es complaciente: su libro sobre la timidez no tiene el triunfalismo de la reivindicación de la introversión que se puso de moda hace unos años, tras la publicación de El poder de los introvertidos, de Susan M. Cain. Quizás porque sabe que la timidez no suele ser una experiencia agradable y que, hasta cierto punto, es normal que los extrovertidos se sorprendan ante este rasgo de carácter. Pero también se detiene en las ventajas que trae consigo, que no son pocas. 

Por ejemplo, los tímidos son observadores. O, al menos, tienen (tenemos) la oportunidad de desarrollar lo que el poeta británico Siegfried Sassoon describía como el “deseo de sentarse y mirar a los demás sin ser visto, como un fantasma”.

Los tímidos se expresan mejor por escrito que hablando. Moran recuerda a la escritora británica Elizabeth Taylor (no confundir con la actriz), que firmó dos decenas de libros y que mantenía correspondencia con escritores como Robert Liddell. Sin embargo, su hija se enteró de la publicación de su primera novela porque se lo comentó una compañera de clase.

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