Los misterios de la Semana Santa Cora

En Hoy por Hoy con Salvador Camarena conoce el significado de la Danza de la Tortuga

Por Salvador CamarenaMéxico.- Dicen los lugareños que cuando alguien de Jesús María, Nayarit, se muere, el difunto lleva consigo una cobija, ‘No vaya a ser la de malas y uno acabe pasando frío en el infierno’. Así de caliente es el clima en este poblado de la sierra del Nayar, donde en la Semana Santa todo se transfigura y uno en medio del terregal ve hombres-jaguar, hombres-coyote, hombres-venado, hombre-carnero, pero también ve corriendo de un lado para otro a sicarios, reyes, demonios, dragones, serpientes, azules habitantes de avatar, guerreros, niños con cara de adulto, adultos con cara de Obama, de espantos, de Bin Laden y trece huidizos niños nazarenos

No, no es una alucinación provocada por el viento que a 40 grados recorre este pueblo, no, todos estos seres fantásticos conforman la Judea Cora, la manera en que el pueblo Cora vive la Semana Santa. Jesús María es la cabecera de El Nayar, el octavo municipio más pobre de México. A 160 kilómetros de Tepic, el pueblo en abril es un caserío seco, polvoso. El río está a la espera de las lluvias que harán crecer su caudal más de tres veces, y a la espera también de la cita anual que lo convierte en la fuente del mal, en el teatro donde se borrarán, es decir, se pintarán el cuerpo para durante tres días dejar de ser, los participantes en la Judea en el corazón de la cultura Cora. Describamos, por principio, a los protagonistas de la Semana Santa Cora:Por un lado están Los Centuriones, ancianos que junto con su guardia de fariseos y cuatro capitanes, toman el poder del pueblo el miércoles santo, suplantan a las autoridades civiles, y marginan a las religiosas. Los Centuriones son dos, uno vestido de negro y otro de blanco, con caballos también en ese pelaje

Los capitanes llevan gafas oscuras y camisa negra. Igualitos a la imagen que todos tenemos de un judicial, igualitos al Cochiloco, pues, en la cabeza portan una especie de bombín. También con sombrero y plumas blancas, están los músicos. Por su parte, los grandes protagonistas de esta ceremonia, los judíos, son niños y adultos Coras que se irán borrando más y más. Es decir, que comienzan ocultándose sólo la cara pero terminarán siendo seres multicolores, con cabeza de animal o monstruo o caricatura o figuras de la cultura pop, uno que se vistió de Chiva rayada del Guadalajara u otros que este año se borraron convirtiéndose en seres de Avatar, sí, inspirados en la película de James Cameron, se consiguieron máscaras de orejas picudas y se pintaron de azul. Independientemente de la figura que haya elegido para borrarse, cada judío porta máscara, sable y, atadas a la cintura, dos sonajas hechas de caparazón de tortuga. Todo comienza en realidad la tarde del miércoles santo. El pueblo se cierra. Desde la Mesa del Nayar, a 15 kilómetros de Jesús María, nadie podrá salir o entrar antes del sábado de gloria. Al anochecer del miércoles comienza a sonar el tambor y la flauta de carrizo, y con ello hordas de judíos comienzan la carrera por las calles de los cuatro barrios de Jesús María. El sable de madera y la máscara que portan no tiene aún ninguna sofisticación. Corren hasta que una luna menguante ilumina la plazoleta donde se encuentra la Casa del Santo Entierro. En ese local sin ventanas, los Coras resguardan una diminuta imagen de un Cristo muerto, estatuilla centenaria que sólo sale de un cajón cada año para ser adorado el jueves santo. Pero antes de que llegue ese momento, a las puertas del refugio del Santo Entierro, los Coras protagonizan la Danza de la Tortuga. En La Danza de la Tortuga cada judío toma su sable de madera, y apoyado en él baila haciendo movimientos propios del coito. Sí, hacen como si poseyeran al sable. Algunos de los judíos llevan la simulación más allá, y a escasos tres metros del lugar más sagrado de los Coras de Jesús María se quitan la ropa y delante de todos se entregan al fornicio. Hay risas porque algunos borrados teatralizan cómicamente su cópula. Hay risas pero nadie se burla, porque nadie sino ellos entienden este rito de fertilidad, de virilidad. Estarán así hasta las cuatro de la mañana

Con apenas un par de horas de sueño y descanso, los borrados bajan al río para adquirir su primera personalidad, una en blanco y negro. Originalmente quemaban olotes y con el tizne se llenaban el cuerpo de rayas negras a las que sumarían otras blancas. Ahora, la mayoría usan pinturas Vinci y aplicadores de cera líquida para zapatos. A las ocho de la mañana del jueves santo surgirá del río un mar de seres bicolores, luminosas las máscaras blancas, espectrales los cuerpos con pieles que ya no son morenas sino como cebras o leopardos en blanco y negro, ruidosas las tortugas sonaja que marcarán el ritmo de la danza, de la búsqueda del niño nazareno al que estos judíos tratarán de encontrar en corretizas por todo el pueblo. Más tarde, al interior de la catedral Jesús María y José, la diminuta figura del santo entierro será puesta en el suelo, al pie del altar. Cuidarán la imagen los mayordomos, y en la única tarea en la que les permitirán participar a las mujeres –además claro está de la preparación de los alimentos— dos indígenas coras vigilarán que el copal no deje de ahumar al Santo Entierro. Hasta el Cristo heredado de los padres jesuitas llegarán los pobladores de Jesús María a ofrecer algodón --para subir al cielo— flores, monedas, veladoras y plegarias. Mientras, los judíos han capturado a pobladores y curiosos para que formen parte de la procesión nocturna, uno de los pocos ritos en los que participarán los padres franciscanos que ahora administran la iglesia. Amanece el viernes santo. Los judíos no pararon de correr pero no han encontrado al niño Nazareno que representa a Jesús. Esta mañana tendrán que capturarlo y entregarlo a sus verdugos. Los borrados están de nueva cuenta en el río, donde ahora se pintan vivísimos colores en la piel. Sus máscaras, sables y tortugas-sonajas ya no son blancas: también han sido pintadas de chillantes tonos que combinan con la gama que adornará la piel del borrado, del cora que se ha convertido en un ser mitológico o del reino animal o del mundo del absurdo… A las ocho de la mañana de nuevo saldrán en dos filas el millar de borrados que al mediodía por fin capturará al niño dios, al que entregarán junto con un Barrabás encadenado, en una procesión. Los Coras no se rindieron ante la Corona Española sino dos siglos después de la conquista. Han preservado sus tradiciones al punto de que este 2011 es el primer año en que permiten grabar o fotografiar sus ceremonias. Hubo que pagar 3 mil 500 pesos para el permiso de tomar notas, hacer entrevistas, tomar fotos y grabar video. La ley seca aplica toda la semana, pero aunque circula el peyote, no es necesaria ninguna sustancia para entrar en el mundo de alucinación colectiva que se vive aquí cada año. Basta seguir el andar de los borrados, escuchar durante horas la pegajosa flauta y lidiar con el sol y el polvo para pronto contagiarse del trance que envuelve a Jesús María, alucinación colectiva de la que todo el pueblo sale el sábado de Gloria, cuando en el río otra vez serán quemados los sables y lavados los cuerpos, y el agua se llevará a las identidades prestadas, y surgirán los coras, reacios a hablar, orgullosos de su tradición, únicos conocedores reales de los misterios de la semana santa Cora.

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