CON MARTHA DEBAYLE

María Callas: el canto absoluto

Fue la mujer más famosa del mundo durante su tiempo, no ha habido una mujer griega más famosa en la historia

Gerardo Kleinburg, escritor, crítico y promotor musical. Durante diez años fue Director Artístico de la Compañía Nacional de Ópera.

Introducción: Aria de la Giocconda: Desde el principio hasta el – 1’17’’:

Sobre María

Ana María Cecilia Sofía Kalogeropulos Dimitriadis

Nació en Nueva York el 2 de diciembre de 1923

De Padres griegos. Él farmacéutico. Ella, ama de casa.

Es la cantante de ópera –hombre o mujer- más famosa de toda la historia.

La gente dormía días fuera de los teatros, para comprar un boleto.

Su carrera fue corta: como un flamazo que se extinguió pronto.

Fue la mujer más famosa del mundo durante su tiempo (a la par de las estrellas de cine)

No ha habido una mujer griega más famosa en la historia (salvo las diosas de la mitología)

Fue griega y no: nació en Brooklyn, porque sus padres estaban de inmigrantes temporales ahí, pero se fue muy pronto a Grecia.

La diva absoluta

“Hay dos personas dentro de mí. Me gustaría ser María pero también está la Callas con la que tengo que vivir, así que me enfrento a las dos de la mejor manera que sé”, declaró en una entrevista de 1957 hecha por el periodista televisivo David Frost, en Nueva York:

Demostró que era una especie de Messi o de Michael Jordan: podía hacer lo que ningún cantante podía hacer, lo que se suponía era imposible, impensable, peligroso, suicida: por eso le dicen “La absoluta” (también le dicen “La divina”):

Tenía un registro sin precedentes: de lo más grave a lo más agudo

Cantó papeles que se suponía eran excluyentes: de Bellini a Wagner

Cantó incluso como Mezzosoprano

Usó el registro de cabeza y el de pecho alternadamente como nadie jamás lo había hecho ni vuelto a hacer

Puso su voz al servicio de todo y no todo al servicio de su voz. O sea: actuar como nadie lo había hecho, convertirse de verdad en sus personajes, ser una música de primerísimo nivel. Aunque eso le costara la voz. Y le terminó costando.

Y así conquistó el mundo.

Se volvió la dueña absoluta del mundo de la ópera: pero también se convirtió en el epítome de La Diva.

Una voce poco fa: Desde el 3’40’’ hasta el 5’35’’:

Sobre su infancia

En 1929 su padre, farmacéutico de profesión, abrió un negocio familiar en un barrio griego de Manhattan y, por la complejidad del apellido, lo cambió por Callas.

Después su padres se separan.

Su mamá se lleva a las dos hijas a Grecia cuando Callas tiene 14 años.

Viven como clase media baja.

Durante la guerra les va pésimo: racionamiento, pobreza

Fue una niña obesa, miope con lentes de botella, con acné, la buleaban.

Empezó su formación en el Conservatorio Nacional de Atenas, y para inscribirse tuvo que falsear la edad, porque no tenía los 16 años mínimos.

Estudió con la soprano María Trivella, y después canto con Elvira de Hidalgo, que la formó en la tradición del canto romántico italiano.

Debuta en Atenas, muy muy joven. A los 21 años.

Debutó en el Teatro Lírico Nacional de Atenas, con la opereta Boccaccio. El primer éxito lo tendría en agosto de 1942 con Tosca, en la Ópera de Atenas.

La pasan pésimo en la guerra.

Regresa a Estados Unidos en cuanto la guerra termina para encontrarse con su padre

Comienza a buscar hacer una carrera.

“Mi madre era bastante ambiciosa y mi padre quería que tuviera educación musical. Empecé piano a los ocho años de edad. Eran los tiempos de Deanna Durbin y Shirley Temple, y por supuesto mi madre soñaba. ¿Qué soñaba? Con la gloria, por supuesto. Decidió que me convertiría en una gran cantante. Probablemente yo tenía algún talento. De otro modo, no hubiera proseguido. No podía resistirme, porque en aquellos días uno hacía lo que los padres decidían. ¿Qué podría haber hecho? ¿Protestar? ¿Una niña como yo, contra un carácter como el de mi madre?” Dicen las cartas y textos de María Callas en la voz de la actriz francesa Fanny Ardant, en el documental MARÍA BY CALLAS de Tom Volf

Su relación con su madre

La relación entre María y su madre era difícil.

Su madre la presionaba con sus clases, pedía a sus profesores que le informaran de todos sus avances; y por otro lado comparaba a María con su otra hija, calificándola de “gorda”, poco agraciada y únicamente atractiva por su voz.

Años después, María confesó a la prensa que su madre la apoyó solamente para tener algún sustento económico y que, si bien admiraba su fortaleza y agradecía ese apoyo, nunca se había sentido querida por ella.

Callas se vuelve una obsesa de convertirse en gran cantante.

“Mi madre no me dejaba estar frente al espejo más de cinco minutos. Debía estudiar y no perder el tiempo con algo sin sentido. Por supuesto, gracias a su severidad hoy tengo una vasta experiencia artística. Finalmente fui aceptada en el Conservatorio de Atenas”. Fragmento del documental María By Callas.

Su regreso a Estados Unidos

Sus éxitos no fueron muchos hasta que la quiso escuchar Edward Johnson, el director general del Metropolitan Opera House, quien le ofreció inmediatamente los principales papeles en dos producciones en las temporadas de 1946-1947: Fidelio, de Ludwig van Beethoven, y Madame Butterfly, de Giacomo Puccini.

Para sorpresa de Johnson, María rechazó los papeles: no quería cantar Fidelio en inglés, y consideraba que el rol de Butterfly no era el mejor para su debut en América.

Siempre se llevó pésimo con el Met y cantó poco ahí.

Se transformó en una cantante superlativa: a través del trabajo obsesivo (la más grande workoholic de la historia de la ópera)

La consolidación

María conoció en Nueva York al tenor italiano Giovanni Zenatello, director de la Arena de Verona, quien la contrató para cantar La Gioconda, de Ponchielli, en ese anfiteatro.

Viajó entonces a Italia ahí conoció a quien sería su esposo: un acaudalado industrial de la construcción llamado Giovanni Battista Meneghini, treinta años mayor que ella. Él arma la carrera inicial de Callas y se vuelve su manager logrando que cobre mucho.

Jamás se llegó a saber cuánto cobraba. Pero sabemos que eran cifras astronómicas.

Su éxito atrajo sobre ella la atención de otros prestigiosos teatros italianos.

Su carrera estaba protegida por el eminente director de orquesta Tullio Serafin, cantó Turandot, de Puccini, Aida y La forza del destino, de Giuseppe Verdi, e incluso Tristán e Isolda, de Richard Wagner, ésta última en versión italiana.

Su personificación de la protagonista de la Norma de Vincenzo Bellini en Florencia, en 1948, acabó de consagrarla como la gran soprano de su generación y una de las mayores del siglo.

La década de 1950 fue la de sus extraordinarios triunfos: en absoluta plenitud de sus medios vocales, protagonizó veladas inolvidables, muchas de ellas conservadas en documentos fonográficos, en las que encarnó los grandes papeles del repertorio italiano belcantista y romántico para soprano.

Su gran rival fue la soprano italiana Renata Tebaldi. Muy guapa, recatada, convencionalísima, etcétera. Eran el agua y el aceite. Y había legiones de admiradores que amaban a una y odiaban a la otra.

Cargando