CON MARTHA DEBAYLE

¿Cómo recuperar la confianza?

Para todos los que viven agobiados porque sienten que no pueden confiar en su pareja

Shulamit Graber, psicóloga clínica y terapeuta de pareja y familiar con más de 30 años de experiencia. Autora del libro: Agonía en la incertidumbre y Del sufrimiento al crecimiento.

¿Qué es la confianza?

Confiar es creer, es tener seguridad en la otra persona.

Es aquel auténtico sentimiento por el cual miramos y tratamos al otro con cierto grado de seguridad, agrado y transparente simpatía.

La confianza nace de lo profundo de la personalidad; emerge de la relación abierta y sencilla con la otra persona; aumenta la comunicación permanente; se consolida en las pruebas y se marchita con las reservas y los silencios.

Es un sentimiento que se va construyendo gradualmente en la diaria convivencia.

A través de nuestros actos nos ganamos la confianza o perdemos el derecho a que los demás crean en nosotros.

Dilema ético: No se puede recuperar la confianza desde la desconfianza.

¿Cómo la recuperas? ¿Cómo vuelves a confiar? ¿Es una decisión? ¿una elección?

Confiar en alguien siempre implica una apuesta. Un salto de fe.

Somos humanos, transgredimos, nos confundimos, y después?

Nos volvemos eternos esclavos de ese acto? O tenemos otra oportunidad?

¿Expectativas falsas? En ocasiones, depositamos nuestra confianza en la esperanza de algo prometido, que luego no se cumple…

Esperamos que una persona actúe de cierta manera frente a una determinada situación, pero vemos que al final esto no ocurre como lo esperábamos…y después ¿qué ocurre?

La confianza se debilita y surge de inmediato la desconfianza.

Es la principal enemiga en nuestras relaciones afectivas, porque nos hace ver lo que en realidad no existe.

Hay un dicho que dice: “la confianza mata al hombre”. Entonces la pregunta sería, ¿es malo confiar o no?. Si por confiar vamos a ser beneficiados o perjudicados.

Hay muchas situaciones en que la confianza es correspondida y otras en que somos traicionados o sin quererlo traicionamos, al no poder cumplir por diferentes motivos: expectativas, sobre exigencia…

¿Qué no nos ayuda?

Por muchos años hemos sido formados en una cultura de la desconfianza. Antes que enseñarnos a confiar y tener fe en nuestros semejantes, incluso los más cercanos y ligados a nuestros afectos, hemos sido formados para dudar y sospechar de ellos.

“No reciba ayuda de personas extrañas” “Si un desconocido o extraño le ofrece orientación y ayuda, rechácela”. Tristemente estos son avisos que fácilmente podemos encontrar en un cajero automático, en centros comerciales o en una terminal de transportes.

Sospechar de los demás, sobre todo si no los conocemos, parece ser la mejor arma para protegernos de todos los peligros, y termina siendo como un virus contagioso, pero que también ataca e interfiere en las relaciones personales, afectivas, amorosas de pareja…

Por lo tanto…

Desconfiar es un rasgo característico de nuestra naturaleza humana; no creer en el otro y por lo tanto exigirle a toda hora justificación y evidencia de sus actos, es un sentimiento negativo que generalmente tiene más que ver con sospechas infundadas y al hábito de la desconfianza que ya tenemos inconscientemente incorporado.

A todos nos gusta que nos crean, que confíen en nosotros, que nos hagan reconocimientos, pues con ellos incrementamos nuestra autoestima y reafirmamos nuestra confianza. Es por ello que resulta ser una experiencia desagradable sentir que se desconfía de nosotros, que se pone en duda nuestra credibilidad y buena fe.

La desconfianza niega toda demostración de afecto y lastima lo más profundo del ser humano cuando lo aplicamos con la misma intensidad para todo el mundo o lo que es peor, cuando la utilizamos como recurso para ejercer el mando o crear precedentes de autoridad: “soy el padre; soy el maestro; soy el jefe, entonces tengo legítimo derecho a desconfiar de quienes están bajo mi mando o tutela”. ¡Falso paradigma que tenemos que eliminar…!

Familiarmente:

Nuestros hijos necesitan que les demos muestras que sí creemos en ellos, que creemos en su palabra y que a pesar de sus errores y equivocaciones, creemos en sus capacidades.

Educar en la confianza es un modelo de formación que podemos poner en práctica diariamente y de una manera muy sencilla: deleguemos en los hijos cuantas veces podamos aquellas responsabilidades que estén en condiciones de asumir; asignémosles tareas que puedan realizar ellos solos sin nuestra presencia fiscalizadora; demostrémosles que estamos haciendo votos de confianza en sus capacidades y honestidad.

Cuando delegamos o involucramos a otra persona en un proyecto o empresa, le favorecemos su desarrollo como ser humano y le permitimos su crecimiento como persona. Si actuamos así con nuestros hijos y a pesar de sus equivocaciones les demostramos que seguimos confiando en ellos, no sólo les estamos dando una clara demostración de confianza sino que también sembramos en su mente y en su corazón semillas de autoestima, de autoconfianza y seguridad en sí mismos que habrán de germinar más tarde en actos de verdadera autonomía.

Si uno desea la confianza de otros –y en nuestro corazón todos lo deseamos-, uno debe empezar por confiar.

Una trampa en la que solemos fácilmente caer es la de “para no preocuparle… no se lo digo” y a continuación, mentir. Es lo peor que uno puede hacer. Cuando el otro se entere de la verdad, la confianza mutua se convertirá en un imposible.

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