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Familia

¿Existe una manera de ser la suegra perfecta?

Si eres o tienes una suegra de las que no pierde oportunidad para dar el consejo perfecto y “salvar” siempre la situación, debemos decirte que estas muy equivocada

El papel de la suegra ha tenido un impacto histórico en la vida de las familias. Generalmente, se hace mofa de la relación entre yerno y suegra, siendo él quien se queja, el que dice a su esposa que no inviten a su mamá a la casa, etc., pensando en este ejemplo en la alianza que hay entre madre e hija, esta última esposa del hombre en que pensamos.

Pero, realmente, las relaciones más complicadas son la de suegra y nuera. Habría que analizar por qué ocurre esto.

Las mujeres durante años, hemos sido educadas para hacernos cargo del mundo de los afectos, de lo doméstico, de los cuidados hacia los demás (sean hombres, mujeres y niños, pero priorizando –en una cultura patriarcal- a los varones).

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Si bien esto va cambiando, siguen habiendo familias y, en particular, mujeres que están identificadas y posicionadas completamente en este rol: hermanas que cuidan a sus hermanos y a sus papás; esposas atendiendo al marido como si fueran sus madres, madres que asumen solas –aunque allá otro progenitor presente- la misión de criar a sus hijos y empleadas que se hacen cargo no solo de los asuntos laborales que les asignan sino de las necesidades de su colegas, y hasta a sus jefes.

Entendiendo esto, podemos imaginar que cuando un hijo varón se casa (pensando por ahora en una relación heterosexual), la madre, siguiendo esta línea, considera que va a ser ella la que va a dar el toque del estilo de vida familiar de la nueva pareja, del modo de resolver las tareas domésticas, de cómo cuidar los afectos de la nueva familia, de velar por el adecuado cuidado de su hijo, ¡ni qué decir de la forma de educar a sus nietos si los hay!

En fin, muchas “super suegras” se consideran las encargadas de enseñar a las nueras cómo construir un hogar.

Es ahí, evidentemente, donde puede comenzar el jaloneo entre las dos mujeres que se identifican con ese rol, que se viven como cuidadoras y que se consideran encargadas de lo emocional, para ver a cuál de las dos les hace caso el hijo-esposo.

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Sobra decir, que más allá de que me parezca importante que una mujer empoderada viva a su pareja como mutuamente responsable de esos roles con ella, a la suegra ya no le corresponde jugar ese rol: a la suegra, que ya fue madre, que ya lleva camino recorrido, le toca entender que la nueva familia de su hijo no va a vivir como ella quiere, que no replicarán sus valores, que ellos encontrarán su propio estilo de vida, y que ellos se equivocarán y repensarán como asimilar y aprender del error.

Siguiendo en esta línea, valdría la pena decir, que un hijo adulto que no obedece plenamente a sus padres, que se alía con su pareja, que no acata ciégamente los mandatos maternos y familiares, da cuenta de una buena educación, pues una educación exitosa lleva a la autonomía, a la toma de consciencia, a un pensamiento independiente, y a la construcción de nuevos modelos de vida adecuados a los retos presentes y a las personas que los desafían.

Se vale – y se requiere como parte de la integreidad personal – ser buen hijo también: respetuoso, consideraro, generoso, conectado, pero un hijo que idolatra a su madre o padre, generalmente es mal padre o mala pareja, pues cumple una función de, pareciera, pareja o padre con sus propios padres.

Dicho lo anterior, ¿cómo se puede ser una buena suegra?

Se debe considerar si las intromisiones en la pareja de su hijo responde más que a su “buena voluntad” a problemas propios de su vida de pareja que la lleva a triangular al hijo como forma de evitar la resolución con su propio esposo.

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Las buenas suegras aprenden que los límites pueden ser oportunidades para “jubilarse” de un estilo de ser madre que está caduco ya. A veces estos límites (estos “nos”) se toman como despecho, pero uno se puede ver construyendo un nuevo tipo de vínculo con la nueva familia y con el propio hijo. Estos vínculos sanos equilibran la cercanía distancia entre las familias.

Una suegra buena entiende y tolera que la nuera y el hijo prueben métodos, hagan sus pininos y tropiecen en el transcurso del tiempo. Da su opinión cuando se la piden, y a manera de propuesta, no de juicio, ni de mandato, menos de manipulación.

Una buena suegra tiene un proyecto de vida personal, no puede hacer de su hijo y de la familia de su hijo su proyecto de vida.

Este proyecto debe tener cosas que le den significado a su vida, en el área amistosa, de pareja, laboral, con sus hobbies y su familia.

Puede involucrarse, haciendo ciertas funciones de maternidad, pero debe entender que ella no es su madre, y que su vida debe tener su propio rumbo.

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Las buenas suegras trabajan sus propias carencias y dolores del pasado para no querer resolverlos a través de sus hijos que están viviendo otra situación de vida diferente a la propia.

Quizás algunas cosas, bien pensadas, con estrategias, pueden ser aclaradas con su nuera, pero los reclamos y enojos de una madre debe manejarlos con su hijo, directamente.

Ciertamente, la relación madre e hijo siempre se puede actualizar, mejorar o perdonar, pero entrar en la dinámica agresiva suegra-nuera es desgastante: por un lado, puede hacer que el hombre se distancie de las cuestiones domésticas, pensando que son problemas que solo corresponden a las partes en disputa y, por otro, en realidad siempre es más fácil resolver algo directamente con el hijo, sin triangularlo, y que el hijo aprenda a poner límites.

Cuando una relación suegra-nuera se daña, difícilmente es reparable.

El punto de ser una suegra perfecta es ser una mujer realizada, madura, que ubica su papel en el rol familiar, que entiende lo que es la autonomía y que si no la ha alcanzado todavía, está en momento de alcanzarla. Además a ella corresponde, como persona con más experiencia de vida, y mayor rango de responsabilidad, manejar esta situación de forma más inteligente.

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