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Pareja

Tips para todos los que se van a casar o arrejuntar por segunda vez

Si crees que estás listo para volver a dar ese paso, entonces es momento de tomar en cuenta todas esas cosas que quizás estás olvidando

En medio de la transformación social que vivimos, y más allá de la mala fama que tiene el matrimonio, éste sigue siendo una de las formas más comunes en las que se vive el amor.

De ahí la importancia de pensarlo de manera diferente, y de buscar la forma de mejorar la entrada en él, sobre todo si ya tuviste una pésima experiencia con el amor.

Entonces, si te piensas casar, aquí van algunos consejos que pongo a tu disposición:

Cásate con alguien que te guste su olor. El olfato forma parte de nuestro sistema nervioso más primitivo y genera el más inconsciente y poderoso “test” de compatibilidad. Si no te agrada el olor de tu futuro esposo, difícilmente te gustará esa persona. ¡La química sí existe! Por lo que no basta compartir deseos, intereses y valores, en la base de los mismos se requiere una avenencia básica en lo corporal.

Cásate cuando tengas trabajo y dinero que te asegure la autonomía; sin dinero propio y sin un proyecto personal, te someterás al bolsillo y las decisiones del otro. Quizás en un principio, en medio del revuelo del enamoramiento, vivirás tu dependencia como “bendición” o “buenaventura”, pero al poco tiempo te sentirás “asfixiado”, limitado, y controlado. Además, si la relación no funciona, carecerás de recursos para salir de ella bien librado.

Cásate con alguien que no esté excesivamente pegado a su madre o a su padre, de lo contrario acabarás siendo otra segunda madre u otro segundo padre y además te verás obligado a rivalizar con los verdaderos progenitores de tu pareja. Ahora que si lo que buscas es seguir siendo hijo de familia, suplir las carencias de tus propios padres, o bien “subir tu autoestima” compitiendo por ser un “mejor cuidador” que sus papás, elegir a alguien que tenga “mamitis o papitis”, te lo permitirá lograr.

Cásate con alguien que no confunda la sinceridad con la verdad: se debe ser sincero pero sensato. Quienes aman la sinceridad viven en la honestidad y protegen la relación con el otro; por el contrario, los amantes obstinados de la “verdad absoluta” convierten su búsqueda – a base de suspicacias, inquisiciones, y advertencias – en algo más importante que el propio amor. Y es que el amor solo puede vivir en cierta inconsciencia, en cierta ocultación, en cierta ignorancia, en cierto misterio… Quién pregunta mucho y quiere saberlo todo, más que amar, pretende vigilar, asegurarse y a veces castigar….

Cásate con alguien que no se ate demasiado al pasado, ni a su pasado personal ni al pasado del amor que viva contigo. Quien se aferra al refrán “cualquier tiempo pasado fue mejor…”, difícilmente podrá asimilar que su relación – y la vida toda – irá cambiando y que nada asegura ni garantiza hacia dónde será su devenir. Y ¡no se vale reclamar!: “es que tú me dijiste”, “es que antes querías…”, “es que cuando yo te conocí…”; vivir el amor requiere flexibilidad, búsqueda y adaptación.

Cásate con alguien que trate bien a los extraños, sobre todo a los empleados, camareros, personal de servicio o cualquiera que esté por debajo suyo en la línea jerárquica. Tarde o temprano te tratará como trate a esas personas. Al inicio de las relaciones amorosas la gente “se viste con sus mejores galas”, pero el modo de relacionarse con los demás, sobre todo con quienes tienen menor poder, es una pauta de comportamiento inherente a su modo común de proceder con los demás, y aun siendo su pareja, formas parte de “los demás”.

Cásate con alguien que sea un buen conversador: alguien que cuente, que comparta, que no te interrumpa, que te escuche, que delibere y cuestione… alguien que pueda jugar con las palabras sin creerlas sagradas. Cuando haya poco – poco dinero, poco vigor físico, poca novedad – siempre habrá espacio para una buena conversación. Es, además, más divertido.

Cásate con alguien con el que te sientas orgulloso de ir a su lado, con alguien que te resulte elegante y armonioso para compartir un paseo o entrar en un restaurante, alguien con cuya imagen frente al espejo o en una fotografía, o en un reflejo, te sientas a gusto. ¡Que te depara el futuro si desde el principio prefieres esconder a tu prometido!

Cásate con alguien que no sea extremadamente rígido, aunque sea “un diamante” (en bruto o pulido), porque será “valioso” pero duro y la experiencia matrimonial te saldrá “muy cara”. Alguien así organizará un estilo de vida tenso y “almidonado”, lleno de inclusiones y exclusiones en cuyas categorías quizás no quieras estar: “esto está bien, esto es imposible”, “aquello es inadmisible y feo, esto es lo único aceptable”. Y hay que tener en cuenta que en esas “rigideces” lo intimo y lo erótico tiende a ser muy pobre y muy marginal.

Cásate con alguien que no se sienta insignificante, que de hecho no lo sea. Alguien que no sea “insípido”, “soso”, intercambiable por cualquier otra persona. La insignificancia suele compensarse con actitudes ausentes, con la huida, con el poco compromiso y la cobardía, o bien con el deseo de imponerse al otro desde la petulancia y la arrogancia, con la intención de opacarlo para “destacar”.

Cásate después de haber invertido tiempo y dinero en tu persona en todos los aspectos necesarios: intelectual, corporal, erótico, emocional, actitudinal…. Es decir, cásate cuando ya seas alguien definido: con suficientes experiencias de vida.

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