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Cómo se forma el gusto alimenticio de un niño

El repertorio gustativo de un niño se ajusta a los límites que los padres demarquen en cuanto a lo comestible y no comestible

La forma en la que las personas construyen sus preferencias alimentarias, gustos y rechazo por ciertos alimentos, es uno de los mejores ejemplos para ver cómo en cuestión de alimentación, se mezclan los factores biológicos, culturales, sociales y psicológicos.

Existe evidencia de que el gusto se forma desde la etapa prenatal, en la vida intrauterina. Ahí, se van desarrollando los sistemas que permiten detectar un estímulo, y generar una respuesta nerviosa, que se desarrolla con el placer.

El gusto dulce, es uno de los gustos más primarios que podemos detectar. El sabor dulce genera reacciones de placer en nuestro cerebro. Esto en parte, debido a una cuestión evolutiva en la que en los tiempos de escasez, se tenía que asegurar una respuesta positiva ante lo dulce, que constituiría fuentes de glucosa necesaria para sobrevivir.

Un científico francés descubrió que los gustos básicos – amargo, salado, ácido, dulce – provocaban en los recién nacidos y en los lactantes, reacciones gestuales que las madres interpretaban como gusto y disgusto.

Todos los seres humanos se caracterizan por dos etapas en la elección de alimentos : neofobia alimentaria (es decir, miedo a probar nuevos sabores), y neofilia alimentaria (tendencia a buscar nuevos sabores).

En el periodo de ablactación y antes de los dos años, es cuando los niños están más dispuestos a descubrir diferentes sabores. A partir de los dos años, la mayoría atraviesa por una etapa en la que se niegan a probar alimentos , o tienen fijaciones con un solo alimento, que generalmente es transitoria.

Algunos estudios de psicología social relacionan a las personas con una tendencia a la neofilia a tener características de resiliencia y adaptabilidad.

Además de todas las consideraciones quimio-sensoriales, se sabe que la cultura, el medio social y los vínculos emocionales son formadores del gusto. Por ejemplo: una prolongada exposición a alimentos hace que un niño sea proclive a consumirlos. Es por eso que se desarrolla un gusto adquirido que en otras culturas no sería aceptado, por ejemplo: lo muy ácido (poner limón a todo), lo muy especiado (poner chile a todo) o lo muy amargo (acostumbrarse a comer mostaza de dijón desde pequeños en ciertas culturas).

El repertorio gustativo de un niño se ajusta a los límites que los padres demarquen en cuanto a lo comestible y no comestible. Este repertorio se comienza a ampliar en el momento en que está en contacto con otros grupos fuera del núcleo central familiar.

Cuando existe un episodio en el que se ejerce presión sobre el niño para que coma un alimento, es muy probable que el niño desarrolle rechazo hacia el mismo.

Para contrarrestar el rechazo se hace una exposición repetida del alimento. Se ha descubierto que la influencia de la madre o del padre para que se adopte un nuevo alimento es prácticamente la misma. Donde sí existe diferenciación es con los hermanos mayores, puesto que los hermanos pequeños imitan mejor a éstos que a los padres.

En un estudio realizado en 2014 en adolescentes en Francia, quienes normalmente se relacionan a la rebeldía y deseo de desvincularse de los padres, se descubrió que los vínculos con los padres se reactivaban partir de prácticas corporales precisas, y en específico a los olores y los sabores que les recordaban momentos donde la alimentación estaba presente y les proveía de un vínculo con sus padres.

Esto remite al famoso pasaje literario de “ la magdalena de Proust” expresión que usan los franceses cuando un estímulo gustativo u olfativo, les desencadena toda una serie de recuerdos con carga afectiva, tal como lo describe el literato francés en un pasaje de su obra À la recherche du temps perdu.

Se ha descubierto que en niños preescolares de 3 – 5 años prefieren el gusto de alimentos que están en empaques coloridos. Los adultos también hacen esas asociaciones, cambiando incluso el sabor y la sensación de un vino en la boca en función de la música que estén escuchando.

También factores sociales como el asociar un alimento a determinado estilo de vida, clase social o estatus moldean nuestras preferencias aún en la vida adulta. En un estudio realizado en mujeres mexicanas viviendo en la región parisina, se llegó a la conclusión que gustaban de comer alimentos pretendidos de ser “buenos para la salud”, que encontraban sabrosos. En este sentido, los límites entre una norma dietética y un gusto por placer se hacen difusos.

El exponerse a diferentes tipos de gustos, tal vez explorando diferentes modos de cocinar que cambian el sabor de los alimentos, hace que las personas sean más sensibles a las nociones de placer, satisfacción y variedad que puede ofrecer la alimentación. Sin santificar ni demonizar ningún alimento como lo hacemos hoy en día por ejemplo, con el sabor dulce del azúcar, podemos obtener pequeñas dosis de placer.